Vivimos en una sociedad que nos enseña a medir el éxito por lo que los demás pueden ver.
Los logros.
Las sonrisas.
Las metas alcanzadas.
Pero pocas veces hablamos de aquello que ocurre en silencio.
Del corazón que sigue creyendo después de haber sido herido.
De la persona que, aunque nadie lo note, decide levantarse una vez más.
De quien aprende a respirar profundamente cuando la ansiedad intenta robarle la paz.
Hay procesos que no hacen ruido.
Y, sin embargo, son los más importantes.
Las raíces de un árbol crecen mucho antes de que aparezcan las flores.
Nadie las aplaude.
Nadie las fotografía.
Pero son ellas las que sostendrán todo lo que un día será visible.
Así también sucede con nosotros.
Cada lágrima que decidiste no convertir en amargura.
Cada vez que elegiste perdonar, aunque aún doliera.
Cada límite que aprendiste a establecer.
Cada pequeño paso hacia tu bienestar.
Todo eso está echando raíces.
Tal vez hoy no veas el resultado.
Tal vez sientas que avanzas demasiado despacio.
Pero la sanidad no siempre se manifiesta con grandes cambios.
Muchas veces llega en forma de pequeños avances que solo tú puedes reconocer.
No subestimes esos momentos.
Porque un día mirarás hacia atrás y descubrirás que mientras pensabas que solo estabas sobreviviendo...
En realidad, estabas floreciendo.
A tu ritmo.
A tu tiempo.
Y de una manera que solo Dios y tú conocían.
Reflexión
No apresures tu proceso por querer parecer fuerte. Las flores más hermosas no compiten con las demás; simplemente florecen cuando llega su momento.
— Ishah Phoenix
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